El salón E409


Llevo tres meses cursando la preparatoria en esa nueva escuela y la verdad ya no sé si deseo continuar ahí o no, porque mis compañeros no hacen más que inventar varias leyendas cortas.

Fabricio me dijo el jueves pasado que escuchó en uno de los corredores principales, como si alguien arrastrara unas cadenas.

– Tal vez sea un fantasma – Le contesté.

Sin embargo, lo más sorprendente fue lo que a mí me ocurrió el viernes. Antes de relatar ese acontecimiento, debo decir que mi horario de clases es un tanto extraño. Lunes, martes y miércoles asisto por la mañana, en tanto que los jueves y viernes lo hago por la tarde.

Esto porque las materias de esos días sólo se imparten en el horario vespertino. El caso es que la campana sonó puntual a las nueve de la noche y enseguida me dirigí hacia el estacionamiento para recoger mi automóvil.

Mientras recorría uno de los pasillos, pude oír claramente cómo alguien golpeaba fuertemente contra la pared. Inquieto pegué uno de mis oídos contra la pared para saber a ciencia cierta de dónde provenía el sonido.

Violentamente la luz del salón E409 comenzó a tintinear. Creí que se trataba de una falla eléctrica, pero luego, esos destellos parecían seguir un patrón establecido. Entonces decidí que lo mejor era entrar para ver qué era lo que pasaba.

En el piso había escritos varios símbolos cuneiformes, como esos que encontramos en los textos procedentes de la antigüedad. Lo que sí alcancé a distinguir fueron unas calaveras con nombres.

Al notar que una de ellas tenía escrito el mío, puse pies en polvorosa. Definitivamente las leyendas cortas tejidas alrededor de aquella escuela son innegables.

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