La taberna de los espejos


Las cantinas y tabernas en México, están llenas de leyendas escalofriantes. Tal es el caso de lo que le ocurrió a Lázaro.

Lázaro era un asiduo parroquiano de la “Taberna de los espejos”. Dicho lugar era llamado así principalmente por dos motivos:

El primero de ellos porque el negocio pertenecía a dos hermanos de apellido Espejo. Mientras que el segundo era porque las paredes se encontraban cubiertas de ese mismo material.

Pero no nos desviemos del tema, volvamos ahora mismo a nuestro relato. Lázaro gustaba sentarse en la barra, para platicar con el cantinero en lo que se bebía un trago de whisky. Desgraciadamente, su situación económica le jugó una mala pasada. Tanto fue así que aquel hombre tan dicharachero y vivaracho en poco tiempo no tenía dinero suficiente ni siquiera para comer.

Por las tardes se sentaba afuera de la taberna a pedir limosna. Generalmente uno que otro conocido lo invitaba a pasar a tomar una copa.

Poco a poco esa situación fue incomodando a los dueños, a tal punto que le suplicaron que se fuera a mendigar a otra parte, ya que aseguraban que su presencia no hacía más que ahuyentar a la clientela.

El hizo caso, sin rechistar y se sentó una cuadra más adelante. En eso estaba, cuando un caballero elegantemente vestido giró la cabeza y al verlo le dijo:

– Oiga amigo, venga para acá, tengo la solución a todos sus problemas financieros. Solamente debe llenar un papel con su puño y letra en donde diga que me vende su alma.

Lázaro pensó que se trataba de una broma y sin pensar en las consecuencias, sacó una pequeña libreta y un lápiz escribió todo lo que el caballero le comentó.

Inesperadamente su vestuario cambió transformándose en una vestimenta de etiqueta. Sus bolsillos estaban llenos de billetes y monedas. En un tris el otro hombre lo tomó de la mano lo condujo al infierno. En verdad era el diablo. Al menos eso dicen las leyendas.

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